Mi descarado esposo le dio mi coche a su madre, pero lo que hizo mi padre puso a mi esposo histérico…
Esa cuenta, además, pronto quedaría cancelada ahora que había sido despedido. Miró a doña Rosa pálido y balbuceó que no había dinero, que todas las tarjetas estaban bloqueadas. Su madre respondió con un grito desesperado, lanzándole un cojín, llorando su desgracia, como si nada de eso fuera también su responsabilidad. De pronto, un pitido insistente se oyó junto al medidor de luz la señal de que el saldo del contador estaba a punto de agotarse. Acostumbrados a que el personal de la familia de Clara recargara automáticamente los servicios, ninguno de los dos había pensado en comprar electricidad.
Hugo buscó en sus bolsillos y encontró, hecho una bola húmeda, el billete de $100 que le había dado don Ricardo. Antes de que pudiera decidir qué hacer, el contador emitió un chasquido y toda la casa quedó a oscuras. El ventilador se detuvo, la televisión se apagó. Una noche cerrada cayó sobre ellos. En medio de esa oscuridad solo interrumpida por relámpagos que se filtraban por la ventana, se escuchó el llanto infantil de doña Rosa acurrucada en el sofá.
Hugo se quedó sentado, apoyado en el respaldo, con el estómago vacío, el cuerpo tiritando y la mente en blanco. Aquella noche, por primera vez en su vida cómoda y dependiente, probó el sabor de la pobreza real, sin comida, sin luz, sin nadie a quien pedir ayuda. A la mañana siguiente, el sol entró con violencia en la pequeña casa, haciendo el calor aún más sofocante. Hugo despertó pegajoso de sudor. Había dormido mal, sin ventilador ni aire acondicionado. La mesa del comedor estaba vacía, sin café ni pan.
En el baño apenas quedaba un poco de agua estancada en la cisterna. se aseó a medias, se puso la misma camisa del día anterior, ya seca, pero manchada, y miró su reflejo en un espejo cuarteado. Ojeras profundas, barba descuidada, el aspecto derrotado de un hombre que se niega a aceptar la realidad. A pesar de todo, su ego todavía le susurraba que aquello podía ser un simple arrebato de su suegro. decidió ir a la oficina para aclarar el malentendido.
Salió rumbo al centro financiero de la ciudad, esta vez en transporte público, apretado en un autobús lleno de trabajadores con la ropa pegada al cuerpo, respirando el olor a sudor y comida recalentada. Al llegar al rascacielos que albergaba la sede del grupo de don Ricardo, se alisó el cuello de la camisa y trató de recomponer la dignidad. Entró en el vestíbulo de mármol brillante y se dirigió a los torniquetes con su tarjeta de empleado al cuello. Pasó la tarjeta por el lector como siempre y el aparato emitió un pitido agudo mientras el foco se iluminaba en rojo.
El mensaje acceso denegado apareció en la pantalla. Probó una, dos, tres veces, cada vez con mayor desesperación, mientras la fila de empleados detrás de él murmuraba incómoda por la demora. Antes de que pudiera perder los estribos contra la máquina, dos guardias de seguridad se colocaron frente a él. Uno de ellos era el mismo al que muchas veces había tratado como sirviente, ordenándole ir a comprar cigarrillos o cargar compras de su madre. Ahora lo miraba sin el menor rastro de respeto.
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