El accidente se produjo en una mina subterránea operada localmente, en un momento en que decenas de mineros se encontraban realizando el turno de mantenimiento y extracción en las galerías profundas. Según los primeros informes de los equipos de rescate y las autoridades de gestión de emergencias, la causa principal del siniestro fue una acumulación masiva de gas grisú (metano), un enemigo histórico de la minería subterránea.
La chispa que detonó el gas generó una onda expansiva violenta que causó derrumbes en varios tramos del pozo, dejando a varios operarios atrapados a cientos de metros de la superficie. A pesar del despliegue inmediato de brigadas de rescate especializadas, las altas concentraciones de monóxido de carbono y el riesgo de nuevos colapsos estructurales dificultaron las tareas de salvamento durante las primeras horas críticas, confirmándose el peor de los desenlaces para una parte del personal.
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