Al final del primer mes de desempleo, buscar trabajo era ya una formalidad. Artyom seguía sentándose al ordenador cada mañana, pero en vez de abrir su currículum, abría un juego online. Podía pasar seis u ocho horas seguidas jugando, solo interrumpiendo para mirar por encima nuevas vacantes.
—Mañana sí que me pongo serio —prometía a su esposa—. Hoy no me funciona la cabeza, tengo que relajarme.
Al principio, Lera no lo presionó. Sabía que los fracasos continuados pueden desestabilizar a cualquiera, y que todos necesitan tiempo para recuperarse. Ella seguía trabajando, cobrando su modesto sueldo y ahorrando en todo. Pero el dinero no alcanzaba para mantener su nivel de vida habitual.
Así que empezó a buscar ingresos extra. Por las noches, después del trabajo, tomaba encargos freelance: escribía textos para páginas web, ayudaba a colegas, asesoraba en relaciones públicas. Al principio eran trabajos puntuales y pequeños.
Artyom no mostraba mucho interés en cómo su esposa sacaba tiempo y energía para el trabajo extra. Estaba absorto en sus preocupaciones y en sus batallas virtuales.
Dos meses después del despido, la situación en la familia cambió drásticamente. El trabajo freelance de Lera despegó. Los clientes la recomendaban, los proyectos crecían y el dinero empezó a llegar regularmente. En una semana de trabajo extra, Lera ganaba lo mismo que en un mes en el periódico.
Había dinero suficiente para todo lo esencial. Pero ahora el presupuesto familiar dependía solo de ella. Artyom insistía en que buscaba trabajo, aunque cada vez hacía menos.
Discutía cada vez más con su madre por teléfono. Galina Petrovna llamaba cada semana, preguntaba por avances, daba consejos y criticaba la pasividad de su hijo. Artyom se defendía, se quejaba de la injusticia del mercado y de los empleadores.
Una noche, Lera escuchó a su marido decirle a un amigo:
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