La ceremonia fue sencilla, íntima y hermosa. En el patio trasero de la casa familiar, bajo un viejo árbol de mango adornado con luces cálidas. Pollo asado, refrescos, risas, abrazos sinceros… y algunas lágrimas que nadie quiso disimular.
Marina llevaba un vestido rosa claro, el cabello recogido y una expresión suave. Mi padre parecía un joven enamorado: nervioso, sonriente, casi infantil.
Mientras todos ayudábamos a ordenar la mesa después de la recepción, mi hermana bromeó:
—Papá, trata de no hacer mucho ruido esta noche, ¿sí? Las paredes son delgadas…
Papá se rió, fingió molestarse y dijo:
—Anda, vete a ocuparte de tus cosas, mocosa.
Luego tomó la mano de Marina y la condujo al dormitorio principal, el mismo que había compartido con mi madre por más de treinta años. Le habíamos sugerido redecorarlo antes de la boda, pero él se negó.
—Así como está, me da paz —respondió.
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