Miguel regresó un día con Adriana, su esposa. Joven, bien arreglada, palabras suaves y sonrisa correcta. Al principio, Doña Teresa la recibió como a una hija. Le enseñó a cocinar, le cedió el cuarto principal, cuidó cada detalle para que la recién llegada se sintiera en casa. “Esta es tu casa”, le dijo sin pensarlo dos veces.
Pero el tiempo tiene la mala costumbre de mostrar lo que se esconde.
—La casa es muy chica —dijo Adriana una noche, cuando Miguel ya dormía—. No alcanza para todos.
Doña Teresa la miró sin entender. Había tres habitaciones, un corredor amplio y un patio generoso. Pero no respondió. Nunca fue mujer de discutir.
Al poco tiempo, Adriana movió muebles, cerró puertas, cambió rutinas. El cuarto de Doña Teresa se llenó de cajas “provisionales”. Luego vinieron los comentarios.
—Aquí no cabe otra cama.
—Usted duerme poquito, ¿no?
—El corredor es fresco, hasta se duerme mejor.
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