Con el tiempo, Julián empezó a aprender el oficio de la construcción.
Observaba, preguntaba, fallaba… y volvía a intentar.
Diez años pasaron.
Diez años en los que la familia Alvarado siguió viviendo de apariencias, ignorando que el mundo ya no les pertenecía.EL ASCENSO
Mientras los Alvarado se hundían en malas inversiones, Julián levantaba su propia empresa.
Pequeña al inicio. Luego sólida. Luego inevitable.
Construía viviendas sociales.
Edificios sencillos, resistentes, humanos.
Rosa llevaba la contabilidad.
La “sirvienta” sabía administrar mejor que cualquier socio de traje caro.
—La empresa se llamará “Martínez & Alvarado Construcciones” —dijo Julián.
—¿Alvarado? —preguntó Rosa.
—No por ellos. Por el apellido que un día me negaron… y que hoy ya no necesito.
EL REGRESO
Diez años después, la mansión Alvarado estaba en venta.
Deudas. Juicios. Embargos.
Doña Teresa, envejecida y orgullosa incluso en la derrota, recibió a un posible comprador.
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