Uno de los procesos más mencionados es la alteración del metabolismo. Cuando órganos clave como el hígado o los riñones disminuyen su capacidad de filtrar y eliminar toxinas, ciertas sustancias comienzan a acumularse en el organismo. Parte de estos compuestos puede liberarse a través del aliento, la piel o los fluidos corporales, generando aromas inusuales. Algunas personas los describen como dulzones, metálicos o simplemente distintos a los olores habituales del cuerpo humano.
También influyen los cambios en la circulación sanguínea, frecuentes en pacientes con enfermedades graves o en estados de gran debilidad. Cuando el flujo de sangre hacia la piel y las extremidades se reduce, se producen variaciones en la temperatura, la humedad y la química cutánea. Estas condiciones pueden favorecer la aparición de olores más intensos, sobre todo si la persona permanece en reposo prolongado o con movilidad muy limitada.
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