—“¡Apúrese, abuelo! ¡Si sube al autobús debe saber dar paso a los demás, no ir tan lento, es muy molesto!”
El anciano se detuvo un momento y sonrió con suavidad:
—“Discúlpame, hijo, mis piernas están débiles y por eso camino un poco despacio.”
Esa respuesta irritó aún más al empleado. Subió la voz tanto que los pasajeros cercanos tuvieron que voltear a mirarlo:
—“¡Si está débil, no suba a la hora pico! ¡Está retrasando a todos, quién se hará responsable si perdemos el viaje?”
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