¿Te gusta tu nueva maestra? La niña me miró como si fuera un insecto. No me hables, estoy comiendo. Eduardo rió nerviosamente. Ay, mamá, ya sabes cómo son los niños. Los niños o los mal educados. Pensé, pero mantuve mi sonrisa de abuela perfecta. Mónica comenzó a hablar sobre su nuevo trabajo en una boutique, presumiendo sobre las clientas famosas que atendía. Eduardo asentía a todo lo que decía, como un perrito entrenado. Yo comía en silencio, sintiéndome como una extraña en mi propia casa.
Cuando traje el pastel, Sofía ya se había aburrido. Estaba jugando con su teléfono. Sí. Una niña de 8 años con iPhone último modelo. Un regalo que yo misma había financiado sin que Eduardo lo supiera. “Vamos a cantar las mañanitas”, dije encendiendo las velas. “Tenemos qué, se quejó Sofía. Esto es superaburrido. Sofía, ven acá y ayuda a la abuela”, dije tratando de incluirla. Y entonces sucedió. Sofía se levantó, me miró directamente a los ojos, puso esos ojos azules en blanco y con la voz más despectiva que puede tener una criatura de 8 años, declaró, “No puedes sentarte con nosotros.
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