Demasiados recuerdos. Demasiadas noches despertándome esperando oír su voz llamándome desde la cocina. Amanda y su esposo, Chad, me ofrecieron un lugar donde quedarme un tiempo, o al menos Amanda lo hizo. Chad apenas levantó la vista de su teléfono cuando me mudé. Intenté no armar lío. Me quedé en mi pequeño cuarto del fondo. Cocinaba, limpiaba, me ofrecía a hacer recados, intentando ser útil, intentando no estorbar. Pero Chad tenía una forma de hacerme sentir indeseada. Sus ojos siempre transmitían irritación, como si yo fuera una astilla bajo su piel.
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