La miró de cerca, luego otra y otra. Esteban, esto no es dinero. Lo sé. Esto es basura. Monedas viejas, ni siquiera están limpias. Esteban se sentó, se quitó el sombrero, pasó una mano por el cabello gris, escaso, cerró los ojos. 30 años, Marta. Ella no respondió, solo dejó las monedas sobre la mesa y volvió a sentarse. El silencio era denso, no había rabia todavía, solo una tristeza pesada, antigua, que ya conocían bien. Esa noche Esteban no pudo dormir.
Se quedó sentado afuera mirando las estrellas. Recordó la primera vez que llegó a esa finca. Era un muchacho. Entonces, fuerte, lleno de ganas. Don Alfredo acababa de heredar las tierras de su padre. Era joven también, ambicioso. Esteban creyó que podría crecer con él, que si trabajaba duro, si daba todo, recibiría algo a cambio. No riqueza, solo dignidad. Pero los años pasaron y don Alfredo creció, la finca creció, Esteban envejeció. Nada más. Ahora esto, al día siguiente, Esteban fue al pueblo, llevó las monedas en el bolsillo, entró a la tienda de don Ramiro, el que compraba y vendía de todo.
Chatarra, antigüedades, herramientas. Don Ramiro, ¿esto sirve para algo? Le mostró las monedas. Don Ramiro las miró apenas. Hizo un gesto con la mano. Eso no vale nada, Esteban. Son monedas viejas fuera de circulación. Tal vez de hace 50 a 60 años. Nadie las usa. Ni siquiera como recuerdo valen. Están sucias, maltratadas. Lo siento. Esteban asintió. Guardó las monedas, salió de la tienda, caminó por el pueblo, pasó frente a la iglesia, frente a la plaza. La gente lo saludaba, lo conocían, sabían quién era.
El hombre que trabajó toda su vida en la finca Salinas, el hombre callado, trabajador, honesto. Pero nadie sabía lo que acababa de pasar. Esa noche en su casa, Marta preparó sopa. Comieron en silencio. Los hijos ya estaban grandes. Vivían lejos. Era solo ellos dos. Y ese silencio. ¿Vas a decir algo?, preguntó Marta. ¿Qué quieres que diga? No sé, algo, cualquier cosa. Estás muy callado, Esteban. Él dejó la cuchara, miró a su esposa. No sé qué decir, Marta.
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