Don Raúl Hernández vivía al lado de mi pequeño departamento mucho antes de que yo llegara al barrio.
Era uno de esos hombres mayores que todos respetaban.
Siempre saludaba a los vecinos por su nombre, arreglaba cerraduras rotas o bisagras sueltas sin cobrar nada, y si alguien insistía en pagarle, él solo aceptaba una taza de café.
Su casa no era grande ni lujosa, pero estaba llena de vida.
Tenía un pequeño patio con buganvilias trepando por las paredes, un limonero torcido que daba sombra en verano y un viejo banco de hierro donde Don Raúl se sentaba cada tarde a leer.
Era un lugar lleno de recuerdos.
Pero también era un lugar que otros querían quitarle.
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