—Nos pondremos reglas —dijo al fin—. Una verdad por cada miedo. Y si fallas otra vez, no habrá segunda escena. No habrá decoración que lo salve.
—De acuerdo.
Se sentaron frente a frente, sin brindis ni torta. Solo dos personas que, por primera vez en mucho tiempo, hablaban claro.
A veces, para recordar el valor de un hogar, hace falta asomarse al borde del abismo. Marina había tendido un escenario; Andrés eligió si era un final o un comienzo. El resto —como todo lo verdadero— ya no dependía de una promesa en la playa, sino de lo que harían cada día.
Leave a Comment