Cada vez que su padre llegaba con ese gesto desesperado por salvarlo, Nicolás lo trataba con desprecio. Le pedía dinero para seguir con su vida de excesos. Y cuando don Melchor le pedía que dejara de beber, el joven solo lo miraba con indiferencia. Pero un día todo cambió. La salud de don Melchor, que ya llevaba años resistiendo la dureza de la mina, le pasó factura.
Durante un turno especialmente largo, mientras cababa en las entrañas de la tierra, un mareo súbito lo invadió y el suelo bajo sus pies se desvaneció. Se desplomó en la oscuridad. su cuerpo agotado gritando por un descanso que nunca llegaba. Fue entonces cuando un compañero lo encontró y lo llevó de inmediato al médico del pueblo. El diagnóstico fue claro y devastador.
El médico, un hombre de mirada seria, le explicó que sus pulmones estaban gravemente dañados debido al trabajo en la mina. Su esperanza de vida era limitada. Quedaban pocos años, tal vez menos, y nada podría revertir el daño causado por tantos años de esfuerzo. Don Melchor escuchó la noticia con el corazón hecho trizas.
El mundo parecía desmoronarse a su alrededor. Sin embargo, en su interior, una parte de él aún tenía la esperanza de que tal vez con el tiempo su hijo lo entendería. Tal vez Nicolás finalmente vería el sacrificio de su padre y encontraría el camino de vuelta. Pero mientras regresaba a su casa, las esperanzas de don Melchor se vinieron abajo.
Al doblar una esquina, vio a su hijo rodeado de amigos bebiendo y riendo, como si nada importara. Don Melchor, lleno de enojo y tristeza, se acercó a ellos, decidido a alejar a Nicolás de esas malas influencias y llevarlo a casa para que al menos esa noche pudiera descansar. Pero en ese instante escuchó algo que lo partió en pedazos.
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