Me llamo Josefina Morales y esta es la parte de mi historia que nunca conté completa. La gente suele ver a las mujeres como yo —cansadas, con las manos agrietadas y los hombros encorvados— y pensar que somos de hierro. Pero no. Una guarda silencios que pesan más que los años, recuerdos que arden como brasas en el pecho y que nadie, ni siquiera los más cercanos, llega a conocer.
La Decisión
Cuando acepté irme a California como cuidadora, lo hice con un nudo en la garganta. Mis hijos, Luis de 7 años y Carmen de 5, dormían cuando tomé esa decisión. Me acerqué a ellos, los abracé y me prometí:
“Voy a regresar. No importa cuánto tarde, voy a regresar y les daré una vida distinta”.
La prima de mi vecina me ayudó a conseguir un contrato para cuidar a una señora mayor llamada Helen, en San José. Al principio pensé que era un golpe de suerte, pero con el tiempo entendí que no existen las casualidades: ese trabajo me salvó la vida.
El viaje fue una mezcla de miedo y esperanza. Me temblaban las manos al pasar Migración, con el corazón en la garganta pensando que me descubrirían, aunque mi visa fuera legal. Cuando finalmente crucé la puerta del aeropuerto, supe que no había vuelta atrás.
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