Claro, por supuesto. El rechazo cortés dolió más que el tobillo. Diego, déjame al menos. No me debe nada. Te debo todo. Estaba aterrorizada y tú, cualquiera hubiera hecho lo mismo. No, nadie más se detuvo. Pasaron varios carros y nadie Su quebró. Por favor, ¿acepta algo para Sofía al menos? Papá, tengo hambre. Ya vamos a casa, princesa. Espera. Valentina buscó en su otro zapato. Milagrosamente, el billete de 200 pesos seguía ahí, empapado, pero intacto. Para la cena de Sofía, por favor.
No puedo, papá. Sí, tengo mucha hambre. Diego tomó el billete con renuencia. Gracias. Soy yo quien debe agradecer. Se dirigieron a la puerta. Sofía volteó y corrió hacia la cama. Va a estar bien solita. Sí, pequeña. Mi asistente viene para acá. ¿Tiene amigos? La pregunta inocent golpeó como un puñetazo. Tengo empleados. Eso no son amigos. Yo soy su amiga, ¿verdad? La mejor amiga que he tenido en mucho tiempo. Sofía la abrazó rápidamente. Olía a crayones y lluvia.
A infancia que Valentina nunca tuvo. Obsesionada con ser perfecta. Vamos, Sofia. Padre e hija salieron. Valentina marcó el número de su asistente con el teléfono del hospital. Laura, ¿soy? No, estoy bien. Hospital general, larga historia. Mientras esperaba, observó la tarjeta de presentación en la mesa. Se o de una empresa que había construido con el dinero de la familia de Rodrigo, ¿verdad? Pero que había hecho crecer con su propio sudor. Ahora Rodrigo tenía su efectivo del divorcio y ella tenía un imperio, un imperio vacío.
Disculpe. Una enfermera entró. El señor que estuvo aquí dejó esto. Era un papelito doblado. La letra de niña decía, “Para que no esté triste con un dibujo de tres figuras bajo un arcoiris, Valentina lloró. Lloró por la madre que Sofía perdió, por el padre que sacrificaba su descanso por una desconocida, por la vida que ella había construido, donde nadie la esperaría tr horas en un hospital. Laura llegó en 30 minutos, toda eficiencia y preguntas. trajo ropa limpia, un teléfono nuevo, tarjetas de reemplazo.
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