Nuestros días seguían un ritmo fácil: mañanas perezosas de fin de semana llenas de tortitas y jazz en la radio, tranquilos paseos nocturnos por calles arboladas y chistes internos susurrados sobre tostadas quemadas.
Me daba vueltas por la cocina cuando sonaba una buena canción, y su risa rebotaba en las baldosas mientras yo fingía reñirle por pisarme.
No era glamuroso, pero era nuestro.
Era segura y cálida, el tipo de vida que construyes lentamente, creyendo que todo conduce a algún lugar estable.
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