Miré el cartel. Luego a Elis Bock abierto. ¿Vas a leer tus poemas en público? Ella asintió nerviosa, pero determinada. Sí. Decidí que era hora de dejar de esconder esa parte de mí. Tú me diste el coraje para hacerlo. Había unas 10 personas en la audiencia, habituales de la librería y algunos curiosos. Elise se sentó detrás de la pequeña mesa, abrió su cuaderno y comenzó a leer. Su voz temblaba al principio, pero rápidamente se afirmó. Sus poemas hablaban de soledad, de búsqueda de identidad, de muros que se derrumban y de amor que reconstruye.
Eran magníficos, llenos de emoción pura y honestidad. Cuando terminó, la gente aplaudió y vi sus ojos brillar con lágrimas contenidas. Después de la lectura, ella vino hacia mí y la abracé fuerte. “Estuviste increíble”, le susurré. “Gracias”, dijo ella, “Gracias por creer en mí. Ese día comprendí que ya no éramos las mismas personas de hace un año. Elice ya no era la directora asociada fría que se escondía detrás de su armadura profesional. se había convertido en una mujer completa que abrazaba todas las facetas de su personalidad, incluso aquellas que había considerado debilidades.
Y yo, ya no era el asistente invisible que dudaba de su valor. Me había convertido en un hombre seguro, capaz de apoyar a la persona que amaba mientras perseguía sus propios sueños. Habíamos crecido juntos, nos habíamos transformado juntos y esa era la verdadera magia de nuestra relación. Los meses pasaron y continuamos construyendo nuestra vida. Elis comenzó a escribir seriamente trabajando en una colección de poesía que esperaba publicar algún día. Yo fui ascendido a jefe de desarrollo de talento dentro de la empresa, un puesto que me permitía ayudar a otras personas a encontrar su lugar y desarrollarse profesionalmente.
No éramos perfectos. teníamos disputas, momentos de frustración, días en que nos preguntábamos si realmente estábamos hechos el uno para el otro, pero cada vez elegíamos quedarnos, comunicar, trabajar en nuestros problemas en lugar de huir y eso era lo que marcaba la diferencia. Una noche de otoño, casi dos años después de esa famosa fiesta, estábamos de vuelta en ese mismo loft de Malasaña. La empresa organizaba otra fiesta y esta vez fuimos juntos de la mano, sin nada que esconder.
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