Finalmente ya no era el asistente invisible, era Julián Lambert, un hombre con una carrera, una vida y una mujer extraordinaria a su lado. Una noche, mientras estábamos sentados en el balcón de nuestro apartamento, viendo el atardecer sobre los tejados de Bilbao, Elis me tomó la mano. ¿Te acuerdas de lo que te dije esa noche? Finge ser mi novio y lo tendrás. ¿Cómo podría olvidarlo? ¿Sabes? En ese momento no estaba segura de lo que realmente te estaba ofreciendo, pero ahora lo sé.
Te ofrecí mi corazón, mi vida, mi yo real. Y tú aceptaste. Claro que acepté. Y no te arrepientes de nada. Todas las complicaciones, los rumores, los cambios, ni un solo segundo. Ella sonrió. Esa sonrisa dulce y auténtica que tanto amaba. Yo tampoco. Salvaste mi vida, Julián. No esa noche en Malasaña, sino todos los días desde entonces. Me recordaste que yo era más que una directora asociada, más que un título o un salario. Me recordaste que era una mujer con un corazón que late y sueños que merecen ser perseguidos.
Apreté su mano y tú me mostraste que yo valía más de lo que pensaba, que no necesitaba ser otra persona para merecer el amor. Nos salvamos mutuamente. Entonces, dijo ella suavemente, “Sí, creo que sí. Nos quedamos allí en silencio, viendo como la ciudad se iluminaba progresivamente en el anochecer. Había algo pacífico en ese momento, algo completo. Todos los miedos, todas las dudas, todas las barreras que habíamos construido se habían derrumbado y lo que quedaba era simple y puro.
Leave a Comment