En cuanto quité lo que quedaba de tierra y vi el borde de aquella caja de hierro oxidado, se me cortó la respiración. Estaba firmemente encajada en la tierra, más grande que cualquier lata que hubiera imaginado. Dejé caer la pala y me incliné hacia ella, con el corazón latiéndome en el pecho. Mis guantes estaban resbaladizos de sudor mientras escarbaba por los lados hasta que por fin pude liberar la caja.
Era más pesada de lo que parecía y tenía costras de antigüedad. Un broche grueso y corroído la cerraba. Me senté sobre los talones y agarré la cerradura con las dos manos, intentando abrirla. Me dolían las palmas de las manos por el esfuerzo, pero me negué a detenerme.

Una pequeña caja de hierro oxidado tirada en el suelo de un jardín casero | Fuente: Midjourney
“Vamos” -susurré, apretando los dientes mientras tiraba de nuevo.
Con un chasquido repentino, el cierre cedió. Me tambaleé un poco y casi dejo caer la caja, pero conseguí apoyarla en las rodillas. La tapa crujió al abrirse.
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