Javier solo asintió. “Claro, si puedes hacerlo, hazlo, pero no olvides tus obligaciones como esposa.” Lucía salió de sus pensamientos cuando la puerta de la habitación se abrió con un chirrido. Una enfermera entró con una sonrisa. Amable. ¿Ya está despierta, señora Lucía? ¿Cómo se encuentra? ¿Puede sentarse? Preguntó mientras revisaba el gotero. Estoy bien, gracias. Aún poco dolorida, pero muy feliz, respondió Lucía con voz ronca. El bebé está muy sano y es guapísimo. 3 2g y 49 cm. Perfecto.
La elogió la enfermera. Ha sido usted fuerte, señora Lucía. ha venido a todas sus revisiones y lo ha preparado todo usted sola. Su marido me dijo que usted misma se encargó de todo el papeleo. Es usted muy independiente. Lucía solo esbozó una leve sonrisa. se había visto obligada a hacerlo. Cuando iba a preguntar cuándo volvería su marido, la puerta se abrió de nuevo. Esta vez no era una enfermera, tampoco eran Javier ni Carmen. El corazón de Lucía latió con fuerza.
Una figura alta y corpulenta, vestida con una costosa camisa de seda, se encontraba en el umbral. Su rostro, de rasgos firmes y autoritarios, parecía algo cansado, pero sus ojos la miraban directamente. “Padre”, susurró Lucía, incrédula. Era el señor Ferrer, su padre. Cuando entró, la pequeña habitación compartida pareció de repente mucho más agobiante. El olor de su cara colonia se impuso al del desinfectante. El señor Ferrer era un magnate, propietario de un conglomerado empresarial con una red de negocios intrincada.
Lucía era su única hija, pero había elegido una vida modesta al casarse con Javier. Una decisión que al principio se topó con la férrea oposición de su padre. Su relación se había enfriado. Lucía era demasiado orgullosa para pedir y el señor Ferrer estaba demasiado ocupado para preguntar. “Padre, ¿cómo sabías que estaba aquí?”, preguntó Lucía, intentando incorporarse. El dolor en el abdomen volvió a punzar. “Sigo siendo tu padre, Lucía”, dijo el señor Ferrer con su voz grave y profunda.
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