¿Qué? Nuestra casa no, gritó Carmen. Está a mi nombre. Una casa renovada y liquidada con dinero que no le correspondía. Señora Carmen, la corrigió el abogado, si colaboran y firman todo hoy, nuestro cliente quizás, y repito, quizás tenga la clemencia de no presentar cargos penales por apropiación indebida y blanqueo de capitales. Javier miró a su madre aterrorizado. La cárcel. Esa palabra resonaba en sus oídos. Y la segunda opción, susurró Javier, su voz apenas audible. La segunda opción, la sonrisa del abogado se desvaneció.
es que se nieguen. Presentaremos la demanda civil esta misma tarde y simultáneamente la denuncia penal ante la policía. Los comprobantes de las transferencias, la grabación de su confesión de hace un momento, señaló el móvil del señor Ferrer, y sus extractos bancarios son más que suficientes. Les garantizamos que no ganarán, lo perderán todo y lo más importante, pasarán una buena temporada entre rejas. Elihan, Carmen temblaba. Su rostro, antes rojo de ira, ahora estaba pálido como el papel. Su arrogancia se había evaporado.
Solo quedaba el miedo. En medio del caos, Lucía ya estaba en la silla de ruedas, abrazando a su bebé, lista para marcharse. El señor Ferrer estaba a su lado. Su asistente empujaba la silla. Cuando cruzaban el umbral, Javier hizo un último movimiento desesperado. Se zafó de los guardias y cayó de rodillas al suelo. Lucía gritó desconsoladamente. Cariño, no te vayas. Lo siento, me equivoqué. Te besaré los pies. Por favor, no me dejes. Lucía hizo una seña al asistente para que se detuviera.
Javier la miró con ojos llenos de esperanza. Lucía. Lucía miró el rostro de su marido, el rostro que una vez amó, ahora bañado en lágrimas de cocodrilo. No sintió nada, ni compasión, ni amor, solo cansancio. Lentamente, Lucía volvió la vista al frente. “Avance”, le ordenó en voz baja al asistente. La silla de ruedas se puso en marcha de nuevo, dejando atrás a Javier arrodillado en el pasillo y a Carmen desplomada en una silla, mirando atónita el fajo de documentos legales en las manos del abogado.
Las puertas del ascensor al final del pasillo se abrieron. Lucía entró con su padre sin mirar atrás. Lucía, el grito desesperado de Javier fue lo último que oyó antes de que las puertas del ascensor se cerraran, llevándola hacia su nueva vida. El silencio dentro del ascensor VVP, espacioso y con olor a caros productos de limpieza, era absoluto. Solo el suave zumbido de la maquinaria se oía mientras subían. Lucía apoyó la cabeza en el respaldo de la silla de ruedas.
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