Pero cuando Teresa se despertaba cada mañana en los brazos de Miguel con el perfume de las gardenias entrando por la ventana, se sentía más rica que la mujer del presidente de la República. Miguel trabajaba desde antes del amanecer hasta después del anochecer. Seguía en la panadería por las mañanas y hacía trabajos de albañilería por las tardes.
Sus manos se pusieron ásperas como lija y su espalda se encorbó por el esfuerzo, pero nunca se quejaba. Cada peso que ganaba era un ladrillo más en la construcción de su futuro juntos. Teresa aprendió a hacer rendir cada centavo. Compraba solo lo indispensable en el mercado, remendaba la ropa una y otra vez y cultivaba verduras en su pequeño jardín.
Por las noches, cuando Miguel llegaba agotado del trabajo, ella le masajeaba los hombros mientras le contaba las pequeñas aventuras de su día, cómo había logrado regatear el precio de los tomates, cómo había intercambiado huevos de sus gallinas por hilo para coser, cómo había aprendido una nueva receta de la vecina.
Los primeros años fueron duros, pero estaban llenos de amor. Se amaban con la pasión de dos personas que habían luchado por estar juntas, que habían desafiado al mundo entero por su derecho a amarse. En las noches, después de cenar sus tortillas con frijoles y salsa, se sentaban en el pequeño portal de su casa a ver las estrellas.
Miguel le contaba sus planes, cómo iba a agrandar la casa, cómo iba a comprar más tierra, cómo sus hijos jugarían en un jardín lleno de flores. “¿Cuántos hijos quieres?”, le preguntó Teresa una noche recostada en su hombro. “Los que Dios nos mande”, respondió Miguel besándole el cabello, “pero que sean muchos para que esta casa se llene de risas”.
Teresa sonríó, pero en el fondo de su corazón una vocecita susurraba las palabras de su padre. Y si no puedes alimentarlos y si Miguel no puede mantenerlos. La primera prueba llegó en 1955 cuando Teresa quedó embarazada de su primer hijo. Miguel estaba loco de felicidad, pero también aterrado. Un hijo significaba más gastos, más responsabilidades y él apenas ganaba lo suficiente para mantener a Teresa y a él.
“Voy a conseguir más trabajo,” le prometió, aunque tenga que trabajar las 24 horas del día. y casi lo hizo. Miguel consiguió trabajo adicional cargando bultos en la estación del tren los fines de semana. Llegaba a casa el domingo por la noche tan cansado que se quedaba dormido en su silla antes de terminar de cenar.
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