Había trabajado bajo el sol, bajo la lluvia, limpiando casas ajenas, frotando pisos, lavando ropa ajena hasta sangrar. Todo por su hija. Y ahora ni una lágrima, ni un abrazo. Dio la vuelta con lentitud. El peso de las maletas no era nada comparado con el peso que llevaba dentro. Avanzó con pasos cortos. arrastrando el alma. Al llegar a la esquina, ya fuera de la vista de su familia, soltó el aire de golpe y entonces sí rompió en llanto, callado, desesperado, ahogado en la garganta, como quien no llora por tristeza, sino por una pérdida mucho más profunda, el olvido.
Las maletas descansaron un segundo en el suelo. Rosa se llevó las manos al rostro y tembló. Nadie la veía y por eso, por fin pudo llorar. Lo que Clara no sabía, lo que nadie sabía, era que Rosa no había perdido su trabajo. Se había jubilado por voluntad propia. El reumatismo en las manos ya no le permitía doblar la ropa sin que pareciera que los huesos crujían. Y aunque su jefe le ofreció seguir pagándole en efectivo por tareas livianas, Rosa prefirió irse con la espalda recta.
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