Rodrigo mira a Daniela de reojo mientras maneja. Ella está mirando por la ventana, una sonrisa suave en los labios, el cabello suelto ahora, moviéndose con el viento que entra por la ventana entreabierta. Y él siente algo que no sentía desde antes de perder a Mariana. Paz, paz verdadera. ¿En qué pensás? pregunta suavemente. Daniela se voltea hacia él en todo, en cómo la vida es extraña. Hace tres meses yo estaba rota, sin trabajo, sin esperanza. Y ahora tengo una familia, tengo un hombre que me ama, tengo una niña que me dice, “Mamá, es como un sueño.” No es un sueño.
Rodrigo dice, aprieta su mano. Es real y vamos a hacerlo funcionar. No va a ser fácil. La gente va a hablar. Va a haber días difíciles, pero vamos a estar juntos y eso es lo único que importa. Daniela asiente, se inclina y besa su mejilla. Te amo, susurra. Y es la primera vez que lo dice en voz alta. Rodrigo siente el corazón explotar en el pecho. Yo también te amo. Tanto que asusta. Continúan el viaje. Las horas pasan.
Hacen paradas para alimentar a Luna, para cambiar pañales, para estirar las piernas. En una estación de servicio en el camino, mientras Rodrigo llena el tanque, una señora mayor se acerca a Daniela. “Qué bebé más hermosa”, dice. Sonriendo. Gracias. Daniela responde, “Es su hija.” Daniela duda. Mira a Luna, a los ojos color miel, que tanto se parecen a los de Mariana, aluelo en la barbilla y sonríe. Sí, es mi hija. La señora sonríe. Se nota que la ama mucho.
Que Dios la bendiga. Cuando la señora se va, Rodrigo aparece. Escuchó todo. Abraza a Daniela por detrás, mirando a Luna en sus brazos. Sos su mamá, susurra, en todo lo que importa. Daniela se apoya en él. Lo sé. Y voy a cuidarla como si la hubiera traído al mundo. Lo sé. Él dice, “Por eso te amo. Finalmente, después de 5 horas, ven las luces de Bogotá en la distancia, la ciudad iluminada en la noche y más allá las montañas oscuras de Chía, casa.
Cuando llegan a la mansión, doña Beatriz está esperando en la puerta. Las luces de la entrada encendidas. Cuando ve la camioneta, corre. Rodrigo apenas para y ella ya está abriendo la puerta trasera tomando a Luna en brazos. Mi nieta llora, mi bebé hermosa. Te extrañé tanto. Luna se ríe. Vbuela. Dice, “Es su manera de decir abuela.” Beatriz mira a Daniela, que está saliendo de la camioneta. Las dos mujeres se miran y entonces Beatriz hace algo que sorprende a todos, da un paso adelante y abraza a Daniela fuerte.
Gracias, susurra, por hacerlo feliz, por cuidar a mi ni por traer vida de vuelta a esta casa. Daniela llora. Abraza a la señora de vuelta. Voy a honrar su memoria, promete. Voy a cuidar de ellos. Lo prometo. Lo sé. Beatriz dice, “Mi hija te hubiera amado.” Estoy segura de eso. Entran a la casa y es como si la energía hubiera cambiado completamente. Ya no hay peso, ya no hay tristeza densa en las paredes. Hay esperanza, hay futuro, hay amor.
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