Después de su muerte apareció otro testamento donde dejaba su herencia familiar a Esperanza para cuidar de Ricardo en su dolor. 30 millones de pesos. gritó Ricardo leyendo la cifra. Isabela tenía 30 millones de pesos en propiedades familiares y Adriana tenía una hacienda en Michoacán valorada en 50 millones, agregó Camila mostrando más documentos.
Todas estas mujeres eran ricas por derecho propio. Tu madre no solo las mató por celos, las mató por dinero. Esperanza ya no negaba nada. Había en sus ojos grises una especie de orgullo enfermizo, como si hubiera logrado algo admirable. Hice lo que tenía que hacer. Los Mendozas siempre hemos sido una familia de poder, de tradición.
No iba a permitir que unas advenedizas destruyeran lo que generaciones construyeron. ¿Y qué hay de Gabriela? Preguntó Rosario de pronto, su voz quebrándose. También era una advenedisa. Un silencio mortal cayó sobre el comedor. Camila y Ricardo se miraron confundidos. ¿Quién es Gabriela?, preguntó Camila. Rosario señaló hacia el fondo de la caja, donde había una última fotografía.
La imagen mostraba a una niña de unos 8 años con los mismos ojos grises de esperanza y la sonrisa de Ricardo. Gabriela Mendoza Herrera, la hermana menor de usted, señor Ricardo, la hija que su padre tuvo con su secretaria. Ricardo sintió que el mundo se desvanecía a su alrededor. Una hermana, una hermana que jamás había conocido.
¿Dónde? ¿Dónde está Gabriela? Preguntó con un hilo de voz. La sonrisa que apareció en el rostro de Esperanza era la cosa más diabólica que Camila había visto en su vida. Las escaleras de esta mansión se tragaron también a esa bastarda, pero ella tenía 8 años. Fue más fácil que pareciera un accidente de juegos infantiles.
El rugido que salió de la garganta de Ricardo era el de una bestia herida. Se abalanzó sobre su madre con una furia primitiva, pero Camila lo detuvo. No! Gritó. No te ensucies las manos con esta mujer. Hay una forma mejor de hacer justicia. Y entonces, mientras Esperanza reía como una loca y Ricardo lloraba por la hermana que nunca conoció, Camila tomó su teléfono celular y marcó un número que había memorizado hacía días.
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