Lo inscribí en la primaria pública del barrio, luego en la secundaria. Siempre fue buen estudiante, aplicado, responsable. Todos los maestros me felicitaban. “Señora Catalina, su hijo tiene futuro,” me decían y yo me llenaba de orgullo. Cuando Rodrigo cumplió 18 años y quedó en la universidad pública para estudiar administración, lloré de felicidad. éramos pobres, sí, pero mi hijo iba a ser profesionista, iba a tener lo que yo nunca tuve. Durante esos 4 años trabajé como nunca. Ya no solo vendía tamales y limpiaba casas, también planchaba ropa ajena los fines de semana.
Rodrigo necesitaba libros, transporte, comida y yo se lo daba todo, todo. Nunca salí con nadie, nunca me compré ropa nueva, nunca fui al cine o a una feria. Mi vida entera giró alrededor de mi hijo. Él era mi proyecto, mi razón de existir. Cuando se graduó, conseguí reunir 450,000 pesos. 40 años tenía yo entonces. Y esos 450,000 pesos representaban 8 años de ahorros. 8 años guardando cada moneda, negándome cada gusto, comiendo frijoles y tortillas para que mi dinero creciera.
Se los di completos para el enganche de su primer departamento, un lugar pequeño pero digno en Itapalapa. “Mami, te prometo que te voy a devolver cada peso,”, me juró con lágrimas en los ojos. vas a ver que voy a triunfar y te voy a dar todo lo que mereces. Nunca me devolvió ni un centavo, pero no me importó. Verlo establecido con un trabajo como gerente de ventas en una empresa de celulares era suficiente. Tres años después conoció a Vanessa en una fiesta de la oficina.
Era bonita, eso no lo puedo negar. alta, delgada, con ese tipo de belleza que parece sacada de las revistas. Trabajaba como recepcionista en un consultorio dental y hablaba de sus sueños de tener su propio spa. Venía de una familia de Nesa que, según supe después, la había corrido de casa por problemas que nunca me quedaron claros. Desde el primer día que la conocí, algo en mi estómago se retorció. No fue su aspecto, fue su mirada fría, calculadora, como si estuviera evaluando cuánto valía cada cosa en mi casa mientras tomaba café en mi sala.
Señora Cata me dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Qué casa tan linda tiene. Y este librero antiguo es precioso. Es de Caoba. Era de mi madre, respondí con orgullo. Tiene más de 60 años. Debe valer una fortuna, comentó pasando los dedos por la madera. Rodrigo me pidió que la aceptara. Mamá, ella es diferente, me hace feliz. Dame una oportunidad de ser feliz. Y yo, como la tonta que fui, dije que sí. Se casaron 6 meses después en una ceremonia pequeña que yo pagué.
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