El sábado decidí limpiar, no porque la casa lo necesitara, sino porque necesitaba hacer algo con las manos. Algo que me hiciera sentir que todavía tenía control sobre algún rincón de mi propia vida. Verónica y Damián habían salido. “A ver unas cosas para el departamento”, dijeron. No pregunté qué departamento. Ya no preguntaba nada. Empecé por la sala, luego el baño. Después me detuve frente a la puerta del cuarto de Damián. Su cuarto, el que había sido suyo desde que tenía 8 años.
El que pinté de azul porque era su color favorito, el que llenamos de pósters de fútbol y luego de bandas de rock. Entré, la cama estaba sin hacer, ropa tirada en el suelo. Olía a ese perfume dulzón que usaba Verónica. Nada del olor de mi hijo, el niño que olía a jabón y a tierra después de jugar. Empecé a recoger, doblé la ropa, tendí la cama, pasé el trapo por los muebles y entonces vi el cajón del buró entreabierto.
No iba a abrirlo, de verdad que no. Pero algo brilló adentro. El sol de la tarde pegaba directo y ese destello llamó mi atención. Abrí el cajón. papeles, muchos papeles desordenados, recibos viejos, fotos, impresas de Verónica en la playa, en restaurantes caros, en bares, todas recientes, todas mientras yo les prestaba dinero para la gasolina. Seguí buscando sin saber exactamente qué buscaba y entonces lo vi. Un sobre manila grueso con mi nombre escrito arriba en letra de Damián.
Mamá, documentos importantes. Lo saqué con manos temblorosas. Adentro estaban las escrituras de la casa, las que yo guardaba en mi cuarto, en mi archivero. ¿Cómo habían llegado ahí? Debajo de las escrituras había otro documento. Un pagaré. Notariado con fecha de hace 2 años. Préstamo 450,000 pesos. Deudor Damián Rentería Ochoa. Acreedor Esperanza Ochoa, viuda de rentería. Concepto: inversión inicial para negocio de importación de refacciones. Lo recordé todo. Hace dos años Damián llegó emocionado. Tenía un plan. Un amigo le había propuesto un negocio, importar refacciones de autos desde Estados Unidos.
Iba a ser millonario. Solo necesitaba 450,000 pesos para empezar. Yo tenía ese dinero. Lo había ahorrado durante 10 años. Era para mi retiro, para cuando ya no pudiera trabajar más, pero era mi hijo, mi único hijo. Te lo pagaré en 6 meses, mamá, con intereses. Vas a ver. Firmamos ante notario porque él insistió. Para que veas que hablo en serio, dijo, “El negocio nunca funcionó. El amigo desapareció con parte del dinero. Damián nunca volvió a hablar del préstamo y yo yo nunca le pregunté porque era mi hijo y una madre no cobra lo que da con amor, ¿o sí?” Seguí revisando el sobre.
Había más papeles, estados de cuenta bancarios. de hace 6 meses, una cuenta que no conocía a nombre de Damián con depósitos regulares de 15,000 20,000 pesos. ¿De dónde salía ese dinero si él supuestamente no trabajaba? Y abajo de todo, una hoja doblada. La desdoblé. Era una impresión de mensajes de WhatsApp entre Damián y Verónica. Verónica, ya hablé con el de la inmobiliaria. Dice que esta casa en esta zona vale como 3 m000ones. Damián, es mucho. Verónica. Por eso mismo, amor.
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