Yo lo vi desde el principio. Vi la forma en que ella lo miraba, no con amor, con cálculo, como quien evalúa una inversión. Pero Adrián estaba ciego. Necesitaba llenar ese vacío que le había dejado la muerte de su esposa. Y Vanessa supo exactamente cómo llenarlo. Poco a poco comenzó a sembrar dudas en su cabeza. Tu madre muy controladora, amor. Nunca te deja tomar tus propias decisiones. Siempre te está juzgando. Al principio, Adrián me defendía, pero las gotas de veneno, cuando caen una tras otra, terminan por envenenar hasta el agua más pura.
Las visitas se espaciaron, las llamadas se volvieron más cortas, los cumpleaños olvidados, las navidades con excusas inventadas, hasta que un día simplemente dejó de buscarme. El único que seguía viniendo era Mateo. Los fines de semana que le tocaba quedarse con su padre, encontraba la manera de escaparse unas horas para visitarme. Me traía dibujos de la escuela, me contaba sus problemas, me abrazaba como si en esos brazos encontrara el refugio que ya no tenía en su propia casa.
Y yo, como la tonta que fui, pensé que eventualmente las cosas mejorarían, que Adrián reaccionaría, que el tiempo lo haría volver en sí. Qué equivocada estaba. El taxi se detuvo frente a la comisaría, un edificio gris de dos plantas con las luces encendidas. Pagué al conductor y bajé. Mis piernas temblaban, pero no por miedo, por rabia contenida. Entré por la puerta principal. El oficial de guardia, un muchacho joven de unos 25 años, levantó la vista de su escritorio.
Buenas noches. ¿En qué puedo ayudarla? Vengo por Mateo Salazar Ríos. Mi nieto, me llamó hace media hora. El oficial revisó una hoja frente a él. Ah, sí. El caso de agresión intrafamiliar. Usted es su abuela. Remedio Salazar. Algo cambió en su rostro cuando escuchó mi nombre. Se puso ligeramente pálido. Me miró con más atención, como si estuviera tratando de recordar algo. Salazar, como la comandante Salazar. Saqué mi credencial vencida del bolsillo y la puse sobre el escritorio.
El oficial la tomó, la miró y su expresión cambió completamente. Se puso de pie de inmediato. Dios santo, comandante, yo lo siento. No sabía que usted era familia del muchacho. Permítame. ¿Dónde está mi nieto? Mi voz salió firme, sin titubeos. la voz que había usado cientos de veces para interrogar, para ordenar, para hacer que la gente entendiera que no estaba jugando. En la sala de espera con sus padres y, bueno, con la denunciante, el comandante Suárez está a cargo del caso.
Suárez, ese nombre me hizo detenerme un segundo. Carlos Suárez había sido uno de mis subalternos hace años. Un buen elemento, justo, inteligente. Lléveme con él. El oficial asintió y me guió por un pasillo que conocía como la palma de mi mano. Había caminado por esos mismos pisos cientos de veces durante mi carrera. Cada esquina, cada puerta, cada grieta en la pared me devolvía recuerdos de una vida que creía haber dejado atrás. Pero esa noche entendí algo. Nunca dejas de ser quien fuiste.
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