La ciudad brillaba bajo la luz de las farolas. hacía frío o quizá era solo mi corazón el que se sentía congelado. Pensé en Adrián cuando era niño, en cómo corría hacia mí cada vez que llegaba del trabajo, en cómo me abrazaba y me decía, “Mamá, te extrañé todo el día. En las noches que pasé despierta cuando tenía fiebre, en las veces que lo defendí cuando otros niños se burlaban de él por no tener padre. Lo di todo por ese niño.
Todo. ¿Y para qué? para que una mujer llegara y me lo robara en menos de 5 años, para que me mirara como si fuera su enemiga. Las lágrimas que había contenido durante días finalmente salieron. Lloré en silencio para que Mateo no me escuchara. Lloré por el hijo que perdí, por los años que nunca recuperaría, por las palabras que nunca más escucharía de su boca. Pero también lloré de rabia, porque Vanessa no solo me había quitado a mi hijo, lo había convertido en un extraño.
Lo había envenenado contra mí, contra su propio hijo, contra todo lo que alguna vez fue bueno en él y eso no lo podía perdonar. Sequé mis lágrimas, respiré hondo y en ese momento tomé una decisión. Iba a recuperar a mi hijo. No sabía cómo. No sabía cuánto tiempo tomaría. Pero iba a arrancarlo de las garras de esa mujer, aunque fuera lo último que hiciera en esta vida, porque yo era remedio Salazar y las madres como yo no se rinden nunca, aunque el mundo entero esté en nuestra contra, aunque nuestros propios hijos nos hayan olvidado, no nos rendimos.
Pero antes de recuperar a mi hijo, tenía que destruir a Vanessa y para eso necesitaba algo más que grabaciones. Necesitaba una trampa perfecta. La mañana siguiente me desperté con una claridad que no había sentido en años. No más lágrimas, no más dudas, solo un objetivo, destruir a Vanessa Cortés antes de que ella destruyera lo poco que quedaba de mi familia. Preparé café bien cargado y me senté en la mesa del comedor con mi vieja libreta de investigaciones.
Leticia llegaría en una hora. Mateo seguía durmiendo. Necesitaba ese descanso después de lo de ayer. Comencé a escribir todo lo que sabíamos. Evidencia física. Candelabro con sangre de Mateo. En casa de Adrián no podemos tocarlo sin orden judicial. Evidencia testimonial. Grabación de Vanessa amenazando hablando de vender mi casa, mencionando a Germán. Antecedentes. Tres matrimonios previos, dos muertes sospechosas, una desaparición. Millones de pesos heredados. Cómplice. Germán Ochoa Salinas, abogado. Maneja la parte legal de las estafas. Pero algo me molestaba.
Todo eso era circunstancial. Un buen abogado podría desarmar nuestro caso diciendo que las grabaciones fueron sacadas de contexto, que los matrimonios anteriores no probaban nada, que éramos una abuela resentida inventando historias. Necesitaba más. Necesitaba que Vanessa se incriminara a sí misma de forma tan clara que ni el mejor abogado pudiera salvarla. Leticia llegó puntual a las 8. Traía dos cafés extra y cara de no haber dormido bien. ¿Qué tiene en mente, comandante? Conozco esa expresión. Es la misma que ponía cuando estábamos a punto de resolver un caso difícil.
Sonreí ligeramente. Vamos a atenderle una trampa a Vanessa, pero para eso necesito que ella crea que estoy vulnerable, que estoy derrotada. ¿Cómo voy a hacer algo que va en contra de cada instinto que tengo? Voy a darle exactamente lo que quiere. Leticia frunció el seño. No la sigo. Saqué un sobre de mi bolsa. Dentro había documentos que había preparado la noche anterior mientras no podía dormir. Documentos de sesión voluntaria de propiedad de mi casa a nombre de Adrián, firmados por mí.
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