Esta casa no valía 4,illones y medio de pesos, valía mucho más. Valía cada gota de sudor que había derramado trabajando dobles turnos para comprarla. Valía cada sacrificio, cada noche sin dormir, cada momento de soledad. Y Vanessa creía que podía simplemente quitármela. Creía que podía manipular a mi hijo, torturar a mi nieto y esperar mi muerte como quien espera un cheque. Me puse de pie y caminé hacia la ventana. Afuera, el cielo se teñía de naranja y rosa.
Un nuevo día comenzaba y con él mi batalla. Porque Vanessa no sabía algo. No sabía que yo no era una viejita indefensa esperando la muerte. Era Remedio Salazar, ex comandante de la policía judicial, una mujer que había enfrentado a narcotraficantes, asesinos y criminales de todo tipo y ninguno de ellos había logrado vencerme. Vanessa acababa de declarar una guerra y yo iba a asegurarme de que la perdiera. La investigación apenas comenzaba y lo que descubrí sobre Vanessa me hizo darme cuenta de que mi nieto y yo no éramos sus primeras víctimas.
Dos días después, Leticia apareció en mi puerta a las 9 de la mañana. Traía una carpeta gruesa bajo el brazo y una expresión que conocía muy bien, la de alguien que acaba de destapar algo podrido. Comandante, necesita sentarse antes de que le muestre esto. Preparé café mientras Mateo estaba en la regadera. Había pasado esos dos días conmigo recuperándose. La hinchazón de su ceja había bajado, pero la cicatriz quedaría para siempre. Una marca permanente de la crueldad de Vanessa.
Nos sentamos en la mesa del comedor. Leticia abrió la carpeta y comenzó a sacar documentos, fotografías, impresiones de pantalla. Vanessa Cortés Mendoza comenzó, pero ese no es su verdadero nombre. Nació como Vanessa Jiménez Ruiz en Tampico, Tamaulipas. 34 años, no 32, como le dijo a su hijo. Primera mentira confirmada. Nunca estudió en escuelas privadas. Terminó la preparatoria en una escuela pública y no hay registro de que haya pisado ninguna universidad. Trabajó como mesera, promotora y eventualmente como dealer en varios casinos de la República.
Leticia puso una foto sobre la mesa. Era Vanessa, pero más joven, quizá de 23 o 24 años. Estaba con un hombre mayor de unos 60 años en lo que parecía una boda. Su primer matrimonio. Se casó a los 24 con Roberto Fierro, dueño de una cadena de ferreterías en Veracruz. viudo, dos hijos adultos. El matrimonio duró 2 años. Roberto murió de un infarto. Vanessa heredó una propiedad valuada en 2,800,000 pesos. Los hijos intentaron impugnar el testamento, pero no pudieron.
Todo estaba legal. Los hijos, ¿qué pasó con ellos? Uno vive en Estados Unidos. La otra, la hija menor, presentó una denuncia contra Vanessa por amenazas, pero la retiró una semana después. Cuando la localicé por teléfono y le pregunté al respecto, me colgó. Le volví a marcar y me dijo textualmente, “Esa mujer es peligrosa. No quiero saber nada de ella ni de su dinero maldito. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Leticia puso otra foto, otra boda, Vanessa con otro hombre mayor.
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