En Mi Noche De Bodas, Mi Esposo Trajo A Su Amante Me Obligó A Verlos Intimar. Una Hora Después…

En Mi Noche De Bodas, Mi Esposo Trajo A Su Amante Me Obligó A Verlos Intimar. Una Hora Después…

Elena colgó y volvió su mirada a los números rojos que bailaban en la pantalla de la bolsa. La tormenta acababa de empezar y la persona que decidiría cuándo terminaría era ella. En el piso 38 de la sede del grupo serrano, el espacioso despacho del director estaba ahora sumido en la oscuridad y el caos. Las cortinas estaban firmemente cerradas, bloqueando la brillante luz del sol exterior. En el suelo había cristales rotos de un jarrón y papeles esparcidos. El fuerte olor a whisky y el humo de los cigarrillos creaban una atmósfera sofocante de desesperación.

Adrián estaba hundido en su caro sillón de cuero con la cabeza entre las manos. Su pelo, normalmente impecable, estaba desordenado. Llevaba un día y una noche enteros allí, sin comer ni dormir, subsistiendo a base de alcohol y tabaco. En la pantalla de su ordenador, sobre el escritorio de Caoba, seguían brillando los números rojos y los titulares sensacionalistas que se actualizaban constantemente. El grupo estaba sumido en la mayor tormenta de su historia. Los accionistas estaban en pánico, los socios le daban la espalda, los empleados temblaban de incertidumbre.

Todo lo que había construido con tanto esfuerzo durante 10 años estaba a punto de derrumbarse. Pero más doloroso que el colapso de su carrera era la sensación de haber sido traicionado y manipulado por la mujer que más odiaba. Cerró los ojos. El doloroso recuerdo del pasado surgió, tan vívido como si fuera ayer. Entonces solo tenía 8 años. Su padre Marcos Serrano era un hombre capaz y orgulloso, presidente de la Floresciente Industria Serrano. En la memoria de su infancia, su padre era una montaña protectora, su mundo entero.

A menudo lo llevaba a hombros paseando por la mansión, contándole con voz cálida sus grandes planes y sueños. Pero la tragedia llegó de repente. Recordaba perfectamente aquel fatídico día. Una multitud de acreedores irrumpió en su casa. Sus rostros eran amenazantes y los insultos, el sonido de los objetos rompiéndose y los soyosos de su madre se mezclaban en un caos aterrador. Se escondió detrás de una puerta temblando de miedo y vio a su padre. El hombre que había sido tan imponente ahora estaba de rodillas suplicando.

De la noche a la mañana su pelo se había vuelto canoso. Industria Serrano quebró. El socio más cercano de su padre, Fernando Morales, del Grupo Morales, retiró repentinamente los fondos de un proyecto clave y al mismo tiempo filtró pruebas perjudiciales que llevaron a Industria Serrano a un callejón sin salida. Esa noche su padre se paró en la azotea del edificio de la empresa, el mismo lugar donde una vez le había mostrado la ciudad de Madrid extendiéndose a sus pies.

El viento nocturno agitaba con fuerza el pelo canoso de su padre. Lo miró durante mucho tiempo sin decir una palabra. Sus ojos estaban llenos de desesperación y resentimiento. Y entonces saltó. La sombra negra que caía por el aire dejó una herida en el alma de Adrián que nunca sanaría. Su madre, abrumada por el dolor, enfermó y murió poco después. De ser un joven señorito que vivía entre lujos, se convirtió en un huérfano que iba de casa en casa de parientes.

El odio brotó. Entonces juró que algún día se lo devolvería a la familia Morales, 100 veces. estudió y trabajó como un loco. Mientras comenzaba a labrarse un futuro, apareció Lucía Jiménez. Era compañera de Universidad de Elena con una apariencia pura e inocente. Siempre estuvo a su lado consolándolo y animándolo, y sin que él se diera cuenta, avivó aún más el odio en su corazón. Una vez le mostró una foto de un lujoso viaje a Europa que había hecho con Elena y suspiró.

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