En Mi Noche De Bodas, Mi Esposo Trajo A Su Amante Me Obligó A Verlos Intimar. Una Hora Después…

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Sí, me equivoqué. Te pido perdón por todo. Por favor, no puedes perdonarme solo esta vez. Te daré todo el dinero que quieras, todo lo que tengo. Por favor, no publiques esa prueba. Elena mantuvo su tono sereno. Lucía, hay cosas que el dinero no puede arreglar. Ve preparándote. Dicho esto, Elena colgó con decisión. Lucía se desplomó en el suelo. El teléfono se le cayó de la mano. Un terror extremo la invadió. La trampa estaba tendida. y la presa había mordido el anzuelo perfectamente.

La reacción de Lucía era una admisión indirecta de que escondía un secreto aún mayor. En el lático, Elena dejó el teléfono sobre la mesa. La llamada acababa de ser grabada. No había emoción en su rostro, pero en su mente las piezas de la verdad comenzaban a encajar lentamente en un cuadro completo. Después de la provocadora llamada de Elena, Lucía cayó en un estado de pánico extremo. No comía, no dormía y la palabra cárcel no abandonaba su mente.

El miedo, como una bestia salvaje, devoraba poco a poco la razón que le quedaba. No podía quedarse de brazos cruzados esperando su fin. Dos días después recibió un mensaje de texto de un número desconocido. Mañana a las 15 restaurante El claustro, reservado el mirador. Ven sola. No había remitente, pero Lucía sabía quién era. Elena tenía miedo, pero esta era su única oportunidad. Tenía que ir. Tenía que enfrentarla y averiguar cuál era la última carta que Elena tenía en sus manos.

Al día siguiente, Lucía, con el rostro cubierto por un sombrero, gafas de sol y una mascarilla, y vestida con ropa discreta, tomó un taxi hacia el claustro. Era un restaurante de lujo, conocido por su privacidad y tranquilidad, frecuentado principalmente por la alta sociedad. Un empleado la guió hasta el reservado el mirador. La puerta de madera se abrió, revelando un espacio de estilo sen con un tenue aroma a incienso. Elena ya estaba sentada frente a un juego de té.

Preparándolo con calma, llevaba un elegante vestido de lino de color jade, con el pelo recogido en un moño bajo y unos mechones suaves que caían sobre su rostro sereno. Parecía más una dama disfrutando de una tarde tranquila que alguien que había pasado por un matrimonio horrible. Su calma intensificó aún más la ansiedad de Lucía. “Has venido. Siéntate”, dijo Elena con indiferencia, sin siquiera levantar la cabeza. Lucía se sentó en la silla de enfrente. Debajo de la mesa, sus manos se apretaban con fuerza.

¿Por qué me has llamado? Elena llenó una taza de té caliente y la deslizó hacia Lucía. Un claro aroma Jazmín se elevó con el vapor. Éramos las mejores amigas, ¿no? ¿Qué hay de extraño en invitarte a una taza de té? Amigas. Lucía se burló, su voz afilada. ¿Te atreves a decir esa palabra? Has arruinado mi vida por completo. Ah, sí. Elena finalmente levantó la cabeza. Sus ojos claros se encontraron con los de Lucía. En ellos no había ira, sino un leve atisbo de compasión.

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