Como era de esperarse, cuando el dinero dejó de estar en el horizonte, el verdadero Diego salió a la luz.
Él la presionaba para que consiguiera trabajos extra en clínicas privadas, insistía en que estaban “perdiendo oportunidades”. Hasta que una noche, después de un turno doble, explotó y le dijo que no podía estar con alguien “conformista” que se contentara con un “sueldo de miseria”.
Beatriz le preguntó si su relación siempre había sido sobre dinero. Él no lo negó, solo habló de “estabilidad económica” y “retornos” por el tiempo invertido.
Finalmente la dejó, acusándola de haberse quedado sin el apoyo de “un padre tacaño”.
Ese golpe fue brutal, pero necesario. Beatriz entendió, por fin, que el problema no era mi falta de generosidad, sino la ambición de quienes la rodeaban.
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