A los 20, una ruptura duele pero se supera. A los 60, en cambio, aparece un pensamiento inquietante:
“¿Y si esta es mi última oportunidad de ser feliz?”
Ese miedo distorsiona el juicio.
Lleva a comprometerse demasiado rápido, a ignorar señales de alerta y a idealizar a la otra persona. El resultado puede ser devastador.
Cuando tomas decisiones desde el miedo, aceptas lo que no deberías y te quedas donde no te conviene.
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