Vomité hasta que me dolió el pecho.
Cuando levanté la cara y me miré en el espejo, vi a una mujer que parecía haber envejecido cinco años en una sola tarde. Ojos rojos. Piel gris. Las primeras canas en la sien. Las arrugas finas que aparecen cuando una ha dejado de dormir bien desde hace demasiado.
Valentina, en cambio, tenía la frescura obscena de los veinticuatro. La piel lisa. La ligereza. La imprudencia.
Por un segundo pensé lo que tantas mujeres traicionadas piensan alguna vez: tal vez fue mi culpa. Tal vez me dejé consumir por el trabajo, por la hipoteca, por las responsabilidades. Tal vez ya no era deseable. Tal vez me convertí en una esposa gris.
Me enderecé.
Me lavé la cara con agua fría.
Y me dije en voz alta:
—No. No me voy a culpar porque él no supo mantenerse fiel y ella no supo mantenerse lejos.
Arranqué las sábanas de la cama. Las metí a hervir con doble detergente. Recogí las cosas de Emiliano que quedaban regadas por el departamento y las metí en una bolsa de basura: su sudadera, su taza favorita, un libro, unos audífonos, un perfume barato que nunca me gustó.
Dejé la bolsa en el pasillo del edificio.
Cuando cerré la puerta con todos los cerrojos, me deslicé hasta el suelo.
Y entonces sí lloré.
Lloré como no lloré cuando enterramos a mis padres.
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