Llegar a la vejez con paz interior es un acto de sabiduría. No se trata de cerrar el corazón, sino de dar desde la plenitud y no desde la necesidad.
La vida nos enseña, a veces con dureza, que no todo lo que entregamos regresa. Pero también nos enseña algo más poderoso: que el amor sincero nunca se pierde, aunque no sea correspondido.
Dar sin esperar, pero sin olvidar el propio valor, es la forma más madura de amar.
Solo así, la soledad deja de ser castigo y se transforma en compañía de uno mismo.
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