Durante años escuchamos la misma frase: “la presión ideal es 120/80”. Y para mucha gente adulta de mediana edad, buscar cifras más bajas sí puede reducir riesgos cardiovasculares. Pero en personas mayores—sobre todo a partir de los 75 años o en quienes son frágiles—la historia puede cambiar, porque bajar demasiado la presión puede traer efectos no deseados: mareos al ponerse de pie, desmayos, caídas, lesiones e incluso complicaciones graves. Esa preocupación no es “cuento”: en estudios clínicos de control intensivo se observaron más episodios de hipotensión y síncope en algunos grupos, aun cuando hubiera beneficios cardiovasculares.
A la vez, también es cierto que ensayos como SPRINT mostraron beneficios de un objetivo sistólico intensivo en adultos mayores seleccionados (por ejemplo, sin diabetes), lo que alimentó la idea de “cuanto más bajo, mejor”. El problema es que no todas las personas mayores se parecen a las de un ensayo clínico: en la vida real hay más fragilidad, múltiples enfermedades, medicación variada y mayor riesgo de caídas. Por eso, hoy se habla cada vez más de individualizar y no perseguir un número “perfecto” a cualquier costo.
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