Unos meses antes, mi hijo Ricardo y mi nuera Sonia llegaron a micasa con esa dulzura ensayada que usan quienes vienen a pedir algo grande.
—“Mamá, las cosas están difíciles… y queremos la boda de los sueños para Clara.”
Yo, como tantas madres, hice lo que siempre hago: abrí el corazón… y la cartera.
Me mostraron presupuestos, lujos, “necesidades”, detalles que parecían obligatorios. Y yo pagué. Todo.
Contratos, proveedores, transferencias, facturas. Mi nombre estaba en cada servicio. Era mi firma la que sostenía esa noche.
Y aun así, nadie me aseguró lo más básico: mi lugar.
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