No era una fortuna inmensa, pero sí era algo que para nosotros parecía imposible: estabilidad.
Una casa propia.
Seguridad.
Un futuro que no pudiera desaparecer de un día para otro.
Cuando fuimos a conocer la vivienda, Mateo entró lentamente en la sala y dio una vuelta en silencio. Luego me miró con los ojos llenos de emoción.
—No sé cómo vivir en un lugar que no pueda perderse mañana.
Tomé su mano y le respondí:
—Aprenderemos. Ya aprendimos cosas mucho más difíciles.
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