El niño mamó con los ojos cerrados, entregado, como si no existiera más mundo que el latido de su madre. Ella miró alrededor y pensó lo único que su cansancio le permitía pensar: aquí hay techo para esta noche. Lo demás vendrá después.
Cuando terminó de acomodar al niño en el colchón de paja, escuchó el sonido.
Era un llamado fino, débil, desgarrado.
No era pájaro. No era animal del monte. Era el sonido de una cría llamando a alguien que ya no venía.
Rosario dejó a Benito rodeado por la maleta y una almohada para que no rodara, y salió por la puerta trasera. La hierba le llegaba a la cintura. La luz del atardecer convertía el solar en un mar de oro pálido. El sonido venía de cerca de una cerca de postes vencidos.
Lo vio echado entre la maleza: un potro recién nacido, castaño rojizo, con marcas claras en las patas, el pelo todavía pegado en algunos lados, las piernas demasiado delgadas para sostener todo el mundo que le acababa de caer encima.
Rosario miró alrededor buscando a la yegua.
No había nadie.
La tierra removida, la hierba aplastada, las manchas oscuras secándose en el suelo lo explicaban todo. La madre había parido ahí. Y no había sobrevivido.
El potro levantó la cabeza al sentirla. Sus ojos eran grandes, oscuros, limpios de miedo porque todavía no alcanzaba a saber lo suficiente del mundo para tenerlo. Intentó ponerse de pie, se tambaleó, casi cayó de costado, pero insistió.
Rosario se agachó despacio.
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