—No diga eso —murmuró Rosario, y en esa voz cabía el cansancio de semanas enteras sin dormir de corrido—. Usted sabe que no es cierto.
—Lo cierto es que aquí mando yo.
Entonces doña Isaura dio un paso adelante, tomó la maleta vieja de cuero, la misma con la que Rosario había llegado el día que se casó con Gerardo, y la arrojó por los escalones del porche como si tirara un costal vacío. La cerradura reventó. Un vestido remendado, dos pañales de tela, una cobija delgada y un retrato pequeño en cartón se desparramaron por el suelo.
Benito soltó un llanto agudo. Rosario sintió que la vergüenza le subía por el cuello hasta la cara, pero no se agachó todavía. Miró a la suegra de frente. Doña Isaura tenía los labios apretados, la quijada dura, y esa expresión de mujer convencida de que la crueldad es justicia cuando le toca ejercerla a ella.
—Llévate tus cosas —dijo—. Y llévate al niño, que al fin y al cabo es tuyo. Aquí ya no ocupes espacio.
Rosario se quedó quieta.
Hubo un segundo extraño, uno solo, en que el mundo pareció detenerse. Se oía el zumbido de las moscas, el llanto de Benito, el rechinar de una mecedora dentro de la casa, el rumor lejano de una carreta pasando por la calle principal. Y también se oía algo más profundo: el ruido de una vida partiéndose por la mitad.
Se inclinó sin apuro. Recogió primero el retrato de Gerardo. Luego la cobija. Luego los pañales. Lo hizo con una calma tan precisa que a las vecinas de la banqueta se les borró por un momento el gusto del chisme. Después cerró como pudo la maleta rota, acomodó al niño mejor contra el pecho, y bajó los escalones sin volver a mirar la casa.
—Dios la ve, doña Isaura —dijo nada más, sin alzar la voz.
La otra no respondió.
Rosario salió del pueblo esa misma tarde.
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