Una escopeta apuntaba directamente a su pecho.
Quien la sostenía era una mujer joven, agotada y aterrorizada. Tenía el rostro pálido y las manos temblorosas.
—¡No te acerques! —gritó ella—. ¡Un paso más y disparo!
Detrás de la mujer, en un rincón oscuro, un niño pequeño tosía desesperadamente mientras intentaba respirar.
La mujer se llamaba Nadia.
El niño, Sergio.
Habían perdido su casa meses atrás.
Un empresario corrupto llamado Mauro Rivas los había expulsado después de que el esposo de Nadia muriera trabajando en una fábrica clandestina de químicos tóxicos.
Desde entonces sobrevivían escondidos en aquella vieja vivienda abandonada.
Víctor comprendió rápidamente que aquella mujer no quería atacar.
Solo estaba desesperada.
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