La memoria escondida
En el camino de regreso, Mariana no dejó de hablar de la boda: el banquete, los centros de mesa, el vestido, el notario. Incluso mencionó, con aparente dulzura, que su madre creía conveniente dejar listo lo del departamento.
- El salón ya estaba apartado.
- Las invitaciones casi listas.
- Y ahora también querían “asegurar” mi departamento.
Yo conducía en silencio, con la mente hecha un nudo. Al llegar a casa fingí dolor de cabeza y me encerré en la habitación. Saqué del bolsillo la memoria USB negra que Lucía me había dado. La conecté a la computadora con manos temblorosas.
Había dos archivos: un reporte médico y un video.
El reporte llevaba el nombre de Mariana y una fecha reciente. No entendí cada término, pero fue suficiente para sentir un escalofrío. Había observaciones que exigían atención inmediata y un seguimiento que ella nunca me había mencionado.
Después abrí el video.
Mariana aparecía en un bar de Polanco, muy cerca de un hombre desconocido. Se reía, lo abrazaba y lo besaba con una naturalidad que me dejó sin aire. En el fondo se distinguía el letrero del lugar. En un segundo ella levantó la mirada hacia la cámara y sonrió.
No era la sonrisa que me daba a mí. Era la de alguien que nunca pensó perder nada.
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