Necesitamos que vengas”, dijo él. “Kuma te necesita. Es nuestra última esperanza.”
Elena no durmió esa noche ni las siguientes. La culpa es un veneno lento, y ella llevaba doce años bebiendo pequeñas dosis sin darse cuenta.
El viaje desde Kenia tomó treinta y seis horas. Tres vuelos, una escala interminable en Estambul y todo el tiempo la misma pregunta martillando su cabeza: ¿la recordaría? Doce años. Para un gorila que puede vivir cuarenta o cincuenta, doce años son una porción significativa de su vida. Pero la memoria emocional tiene fecha de caducidad.
Cuando Elena llegó al santuario era de mañana, una mañana gris, nublada, como si el cielo supiera que algo importante estaba por suceder y quisiera ser testigo sin distracciones.
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