Era ella quien lo calmaba cuando las tormentas lo ponían nervioso. Era ella quien se sentaba a su lado durante horas, simplemente acompañándolo. Era ella quien había descubierto que a Kuma le gustaba escuchar música clásica, especialmente Beethoven. Un gorila que escuchaba a Beethoven. Suena a invención, pero estaba documentado. Cuando sonaba la Sonata Claro de Luna, Kuma cerraba los ojos y su respiración se volvía lenta, profunda. Elena había descubierto eso por accidente una tarde lluviosa y desde entonces se convirtió en su ritual: música, silencio compartido y una conexión que nadie más lograba replicar.
Hasta que Elena tuvo que irse.
No fue su decisión. Una oferta de trabajo en Sudamérica, un proyecto de investigación que no podía rechazar, la oportunidad de estudiar gorilas en su hábitat natural, algo con lo que había soñado desde niña. La última vez que Elena vio a Kuma, él estaba sentado exactamente como siempre, tranquilo, observándola con esos ojos oscuros que parecían contener océanos enteros de comprensión. Ella le había hablado durante una hora, le había explicado con la voz quebrada que tenía que irse, que volvería, que esto no era un adiós. Kuma había extendido la mano a través de los barrotes. Elena la había tomado y luego se había dado la vuelta y se había marchado.
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