La madre de Paola. Sus hijos del primer matrimonio. Un hermano con su esposa. Un primo con su pareja. Dos amigos más.
Doce personas en total.
Elena sintió que el pecho se le tensaba.
—Martín, la finca no está preparada para tanta gente. No tengo habitaciones suficientes ni comida para todos.
Y entonces llegó la frase que cambió todo.
—Mamá, vamos igual. Si no te gusta, puedes volver a la ciudad.
Silencio.
Elena se quedó inmóvil mirando el jardín.
No fue solamente la falta de respeto. Fue la naturalidad con la que su hijo hablaba de su casa, de su espacio y de su vida como si todo le perteneciera.
Como si ella fuera un mueble más.
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