Durante los días siguientes, Elena permaneció en la ciudad.
Rosa y Don Julián limpiaron cuidadosamente toda la finca y devolvieron los caballos al establo.
Elena aprovechó esos días para pensar.
Comprendió que no solo necesitaba poner límites físicos, sino emocionales y económicos.
Porque incluso después de vender su empresa, seguía enviándole dinero todos los meses a Martín, un hombre de 42 años con un excelente sueldo y una vida de lujo.
Había llegado el momento de cortar ese vínculo enfermizo.
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