La imagen era nítida y demoledora. El salón entero enmudeció.
—A las 6:18 AM —prosiguió ella, cambiando la pantalla a 1 serie de capturas de WhatsApp—, le enviaste 1 mensaje a tu amante, Camila Robles. Cito: “Hoy le quitamos la corona para siempre”. A las 6:20 AM, nuestra brillante asesora respondió: “Grábala cuando se quede pelona, quiero ver a la gran jefa llorar y rogar frente a todos”.
La directora jurídica de Grupo Nápoles se levantó de 1 salto, llevándose el teléfono al oído. Ernesto Aguilar, el presidente del consejo directivo, 1 magnate implacable de 68 años, golpeó la mesa con su puño, rojo de ira.
Camila intentó articular 1 defensa, pero de su boca no salió 1 solo sonido.
Fue entonces cuando Doña Teresa perdió los estribos y la compostura de “señora de sociedad”.
—¡Ya basta de esta ridiculez! —chilló la anciana, caminando hacia el escenario con prepotencia—. ¡Siempre has sido 1 víbora que quiere opacar a mi hijo! ¡Eres 1 mala mujer, fría y calculadora! ¡Una esposa decente no monta estos teatros, respeta a su marido y se queda callada!
Valentina no alteró su postura.
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