El coronel se detuvo, se giró lentamente y miró a Beatriz con interés calculado. Luego preguntó con voz baja y firme. ¿Y de qué hablaban, muchacha? Ella no dudó ni un segundo. Con el corazón tomado por la envidia y el rencor, mintió deliberadamente, inclinándose levemente hacia el coronel y diciendo en tono confidencial, “Hablan mal del gobierno. Dicen que usted es un tirano y que Antonio iba a arreglarlo para devolver las tierras a escondidas.” Habló fingiendo preocupación mientras sembraba la discordia.
El coronel Ramírez entrecerró los ojos de inmediato. La mandíbula se le tensó y aceleró el paso ya alejándose. Antes de irse respondió con frialdad, “Gracias por la información. Las personas leales al régimen siempre son recompensadas.” Dijo, dejando claro que aquellas palabras no serían olvidadas. Pasaron los meses y el ambiente en el pueblo seguía siendo pesado, cargado de vigilancia y miedo. Aún así, Carmen parecía vivir dentro de una burbuja de felicidad que la aislaba de todo aquello. Ella y Antonio se veían casi todos los días, hablaban sobre el futuro y soñaban juntos.
La desconfianza inicial de Javier se había transformado en respeto. No confiaba del todo, pero reconocía las mejoras que el joven venía aportando. Una tarde, Carmen entró a la casa corriendo con el rostro iluminado y una sonrisa que no lograba ocultar. Su entusiasmo llenó el ambiente sencillo. El padre estaba sentado a la mesa de la cocina arreglando una herramienta de trabajo con paciencia. Beatriz limpiaba el suelo repitiendo los mismos movimientos con una expresión evidente de aburrimiento y frustración.
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